Jinetes con sus monturas 5

Posted on16 Junio 2009

Serie: Jinetes con sus monturas

Título: Jinetes con sus monturas 5

Técnica: Grafito

Tamaño: A4

Autor: Raúl Díaz de Otazu

jinetes con sus monturas 5

Jinetes con sus monturas 3C

Posted on7 Junio 2009

Serie: Jinetes con sus monturas

Título: Jinetes con sus monturas 3c

Técnica: Photoshop

Tamaño: 29 cm x 27 cm

Autor: Raúl Díaz de Otazu

Al acecho

Posted on3 Junio 2009

    Abroché el cinturón de mi falda, y me dispuse a salir de aquel cubilete… Había oído risas licenciosas, palabras entrecortadas, jadeos intermitentes, susurros mojados y lascivos, respiraciones desacompasadas en un principio y rítmicas después, como si entre todo se me quisiera notificar que fuera había una fiesta de placer y lívido desatados o una alegoría a la carne y al desenfreno…     Daba igual, yo lo que quería era dejar esas cuatro paredes. No me decidía a salir de allí; reconocí que me había equivocado en eso de no esperar como el resto de las féminas, a que se fuera reduciendo la cola del baño de señoras. Total, por entrar al baño de hombres que solía estar desierto en esa discoteca, y en otras en las que había entrado, pensaba que no me iría a encontrar nada que pudiera asustarme o me sacara los ojos de las órbitas. Craso error, craso error…
     Entreabrí la puerta del retrete, y verifiqué que no me estaba confundiendo con lo que me estaba imaginando. Estaban justo al lado de los lavabos; podía ver la cara de ella directamente, y la cara de él reflejada en el espejo… Le quitó la camisa nerviosa, y el chico en su afán fogoso abrió violentamente su vestido, haciendo que los botones que unían sus bordes, cayeran y rebotaran por los baldosines del lugar.
     Habría apostado lo que fuera a que los pantalones de él estaban a punto de desmoronarse; yo sólo quería comprobar si el tatuaje de su espalda tenía algún tipo de límite, pero justo entonces se fue la luz, y aunque la pareja siguió en la oscuridad con su baile lúbrico, yo me sentí el ser más bajo y despreciable del mundo, al estar ahí espiando que dos desconocidos tuvieran o no un orgasmo. Además, me estaban esperando; era el momento perfecto para salir sin que los amantes me vieran.
     Me dirigí hacia la salida de los aseos siendo lo más sigilosa que pude, pero no contaba con la rapidez con la que la compañía eléctrica iba a arreglar la avería, y antes de alcanzar el picaporte, la luz me sorprendió con los zapatos en la mano y adoptando una ridícula pose, mientras de puntillas intentaba espontáneamente volverme invisible.
bathroom     No pude evitar girarme, para comprobar si me habían visto… Indudablemente, sí me habían registrado sus retinas; ella callaba ocultando su escándalo, y él con los pantalones a la altura de los tobillos, me miró socarrón, y tras pasarse la lengua por los labios me tiró un beso cargado de burla.

     El portazo no se hizo esperar, pero por si acaso no abrí los ojos hasta que no llegué a la escalera.
     Así pues, continué corriendo como si fuera una adolescente en apuros, por el estrecho pasillo que me conduciría a las escaleras, las cuales daban al camarote de Madam Boway. Me habían dicho que era la mejor bruja de Europa, y que sus videncias sobre la Segunda Guerra Mundial y los desastres de los grandes gobernantes eran legendarias entre los demás adivinos y hechiceros.
     Mientras subía las escaleras iba pensando en lo que la bruja me había platicado antes de salir de su habitación, antes de que tuviera que bajar al baño:
-    Siento decir que según las cartas, tu muerte es inminente, cariño. Tu tiempo es breve… -.
-    Pero, Madam Boway… ¿No puede contarme nada más explícito? ¿Cómo voy a morir? ¿Por la noche? ¿Por el día? ¿Sufriré o no? No sé… -, planteé sentada en una triste silla con una mesa coja delante, donde el Tarot revelaba mi aciago final.
adivina -    Bueno, cariño… Las cartas no me dicen nada más, aunque puedo intentar que los espíritus me hablen sobre ello. Para ello, necesito quedarme a solas; ¿lo entiendes, cariño? -.
     Acto seguido, dejé el angosto camarote, accediendo a que hiciera lo que quisiera con tal de que pudiera darme más datos sobre mi muerte.

     Las luces de nuevo temblaban y otro apagón hizo que frenara mi subida a la estancia de Madam Boway.
     Se me pasó por la cabeza dejar a la vieja esperando a que subiera. Con sus acondicionadas tarifas, ya había conseguido llevárseme más de la mitad de mi sueldo mensual. Entre todas las adivinas que había visitado en ese ultimo mes, y que no trabajaban exactamente por amor al arte, ya tenían suficientes cuartos, para prodigarse unas caras vacaciones al Caribe, a las Maldivas, o a donde les apeteciera emigrar a sus frívolas majestades.
     Sin embargo, cuando la luz volvió, ya que estaba allí, decidí reanudar el camino para ver cuáles eran las explicaciones de Madam Boway. Encumbré, toqué a la puerta, y entré, al escuchar la aprobación de la vidente…
     Ávida de información tomé asiento; Madam Boway me dio a entender con una rotunda mirada  que no había tenido muchos éxitos con sus investigaciones de ultratumba… No obstante, añadió:
-    Lo siento, cariño. Intenté traer a alguien de las altas esferas para que hablara contigo, y conseguir que nos aclarase algo más sobre tu fatal designio, pero los espíritus se negaron en redondo, aludiendo a que no querían interferir en el futuro de nadie. Sólo me dieron un consejo para ti, que ante lo que sabes, aproveches hasta el último segundo de tu vida… -.
     Entonces me enojé, y tiré todas las cartas… y una bola de cristal que estaban encima de la mesa. Después del portazo que di, bajé las escaleras, prometiéndome a mí misma, que ésa era la última vez que pagaba por adelantado.
     Me senté en los escalones que había al lado del baño. Pensaba en que todas las adivinadoras coincidían en pronosticar mi temprano fallecimiento; en un principio cavilaba que todo eran cuentos de brujas y fantasías de locas crédulas, pero, ¿y si tuvieran razón? ¿Y si la muerte se me estuviera acercando sinuosa? El consejo de Madam era conciso y cabal: “Aprovechar mi vida hasta el ultimo segundo”…
     De repente, la puerta de al lado se abrió, produciendo un chirrido ensordecedor; y salió del baño la damita que se había dado aquel homenaje pasional con ese David  de Miguel Ángel, tallado en sangre muy caliente y músculos insubordinables y ominosos.
      Casi no me acordaba ya de que mientras yo estaba confirmando la proximidad de mi funeral, allí abajo estaban los dos fornicando como si no hubiera otro día para hacerlo, y fuera el ultimo orgasmo al que podrían recurrir en sus finitas vidas. La jovencita ni acusó mi presencia, y se fue moviendo las caderas hacia la pista de baile.

     Poco después atravesó la puerta mi ardiente obra de arte viandante. Él sí que me vio, y se sentó a mi derecha, en la escalera:
-    ¿Qué haces aquí sola? -, me dijo como si el momento en el que le había visto con los pantalones bajados, le diera derecho a saber todo sobre mí.
     Fue entonces como si una gota de locura inundara mi conciencia… Se mezclaban pensamientos: estaba lo que no debía hacer… y lo que podía hacer. Debía seguir el consejo de Madam Boway, y aprovechar todo lo que pudiera… Por ejemplo… esto.
     Sin perder más tiempo, miré fijamente a los ojos del David, y prensándole la cara con las dos manos, me lancé fieramente y le di un beso larguísimo, aunque sin suficiente sustancia, porque cuando estábamos a la mitad me dio por pensar que era un desconocido, y que lo que estaba haciendo no era lo correcto. Me quedé donde estaba, encima de él esperando su reacción; anhelando que no me rechazara, y tuviera que sentirme avergonzada.
     A continuación, con toda la delicadeza que requería el momento, me apartó el flequillo del rostro, y me devolvió el beso más apasionado aún, mientras me acariciaba los cabellos y la nuca. Su lengua naufragaba por toda mi boca, como desesperada por llegar a algún sitio, y sus manos ya, habían caído hasta mis nalgas, que una y otra vez por encima de la ropa notaban como las poseía.

     Entonces tuvimos que parar, me di cuenta que alguien bajaba. Era Madam Boway; creo que lejos de reñirme por ocupar su escalera, se alegró de encontrarme en semejante postura comprometida, con ese chico entre las piernas. Él decidió que ya que nos levantamos, cambiáramos de escenario.
     Casi en volandas, me llevó al baño, y allí, sin dejarme decir nada empezó a besarme el cuello;  primero suavemente, para luego morderlo, sin que yo pudiera hacer otra cosa que jadear excitada. Con todo, pude volver en sí unas décimas de segundo, y razoné en alto que el sueño de mi vida no era que un gracioso chulesco y jayán me lo hiciera en medio de unos lavabos públicos sucios y mugrientos.
      Acto seguido, el David  se quedó petrificado, y me arrepentí de lo que había pensado en alto. La verdad era que no había dicho ninguna mentira, pero estaba empezando a pasarlo tan bien que todo lo demás estaba de más.
     David se estaba viendo reflejado en mis ojos… De pronto, tiró de mi mano, y me sacó de ese herrumbroso lugar. Especulé en aquel momento que nos confundiríamos entre la multitud de la discoteca, pero no… Subíamos las escaleras de Madam Boway…
-    No entiendo qué es lo que estamos haciendo aquí -, mencioné con ganas de bajar de allí.
     Tranquilamente, sin despeinarse siquiera, dio un empujón a la puerta del camarote y se abrió fácilmente. Dudé si era lo mejor entrar allí, pero David no me dejó pensar, y para cuando me quise dar cuenta, me había derribado en la cama, y poco a poco me iba desnudando a la vez que yo le iba quitando la ropa a él.
     Al tiempo que los dos nos habíamos ido quedando desnudos, él no había parado de besarme y de jugar  con mis pechos escabrosamente casi, haciendo que casi me desvaneciera, soñando con que aquellos instantes no acabaran jamás… Abandonó esta empresa, con el único fin de palpar mis muslos sedientos de él, y en cuanto pudo comprobar que mi sexo estaba húmedo y preparado para que me hiciese suya, sonrió conforme, y yo que me incorporé, me percaté de su miembro erecto.  Me impresioné al verle tan febril; no opuse ninguna resistencia a que me apartara las piernas, y me penetrara con fuerza, como si supiera que no iba a haber otra vez… Realmente, para mí no, al menos…
     Los movimientos rítmicos y taimados de David acompañaban a sus pronunciadas respiraciones, mientras la música que subía desde la discoteca desaparecía de mis ondas auditivas, y más tarde de las cerebrales para  extasiar nuestros oídos con gritos y voces de placer que al unísono, se confundirían en un gemido animal que nos hiciera renovar el espíritu.

     Por primera vez en mi vida, no se me hacía incómodo mi sudor; tampoco el de David, que acostado a mi lado, repetía una y otra vez que le había dejado agotado. Pese a ello, se levantó de la cama para preparar unos tentempiés e irrigar nuestros consistentes cuerpos con sendos vasos de agua.

     Debí dormirme después…

      Al despertar, apenas  pude interpretar dónde estaba… Seguía desnuda, y el frío del agua que me rodeaba hacía que se abrieran los poros de mi piel.
     Quise salir de la bañera. Entonces, Madam Boway se asomó y volvió a sumergirme… Lo último que recordaba era la fragancia fresca de aquel chico con el que me había acostado; con lo que no acertaba a colocar ahora a la bruja en mis visiones.
     En busca de interferir ante sus devastadores intentos de ahogarme, hice un lastimero conato por salir de mi líquido y  acuático ataúd, y pude tomar así una gran bocanada de aire. Yo era más fuerte que Madam Boway y no iba a poder conmigo ahora que había avivado, seguramente antes de lo que ella había previsto.
     Al poder incorporarme comprobé que no estábamos solas… Todas las demás videntes a las que había consultado, y que habían determinado mi próximo fallecimiento estaban allí, y se abalanzaron para hundirme de nuevo.

     Cada vez más débil, noté como se cerraba mi respiración, y mis ojos se volvían vagos y perezosos… Las asesinas iban a ver cumplidas sus profecías; iba a convertirme en un “bonito cadáver neorromántico”.
     Me dispuse a rendirme, pero la noche me reservaba más sorpresas, y me pareció que alguien más se asomaba para ver si todavía quedaba algo de potencia en mis fatigados músculos, por la que pudiera esforzarme en salir del  agua… Entonces pude distinguirle entre los rostros femeninos, mientras Madam Boway y él se prodigaban miradas cómplices y de camaradería: David la acariciaba a ella, sin importarle que yo estuviera agonizando en aquella bañera, a efectos, mortuoria…
     No había remedio, me dejé vencer…
                      PILAR ANA TOLOSANA ARTOLA